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Biblioteca Hispánica, Biblioteca Islámica

La inesperada igualdad (segunda parte)


Culto a los difuntos

La idea de que no morimos del todo mientras alguien nos recuerde está generalizada mundialmente. En casi todas las culturas hay un día o una época del año dedicada a recordar a los difuntos: Oceanía, África, Asia (“Qingmingjie” en China, “Obon” en Japón o “Jesa” en Corea)…  en todas partes se acude con comida o sin ella a agasajar a los que ya no están.

En el Islam no está contemplado un día concreto para recordar a los difuntos y la religión desaconseja vincular los días festivos a cosas que causan tristeza. Aun así, el día de la fiesta tras el Ramadán o en el Achura, existe la costumbre social de visitar los cementerios, adecentar las tumbas, dejar comida (que luego recogen los pobres) y recordar a los familiares fallecidos.

Halloween, la noche del 31 de octubre, viene de los celtas, que festejaban el fin del verano y la recogida de la cosecha: era necesario alejar a los malos espíritus y otros entes extraños que llegaban con la estación oscura (de aquí surgió el “truco o trato”). Después se fusionó con la fiesta que ya celebraban los romanos en honor a la diosa de los árboles frutales y, por último, se mezcló con la idea cristiana de que en esos días se abría la puerta del más allá… y la noche del 31 de octubre se convirtió en una noche de calabazas y brujas.

El cristianismo es el que marcó el 1 de noviembre como el día de Todos los Santos en el siglo IV y el 2 para los Fieles Difuntos en el siglo X (aunque siempre, desde tiempos inmemoriales, se ha recordado a los que no están en fechas cercanas a la Cuaresma o en Pentecostés). En varios países de Iberoamérica el día 2 de noviembre es festivo (feriado): Uruguay, Paraguay, Brasil, Chile, Ecuador, México, etc.

La cuestión es que finaliza octubre, la línea entre el acá y el más allá se hace más fina y se desencadenan una serie de rituales que, según los países y las regiones, pueden ser muy básicos o demasiado elaborados. A veces, la mayor diferencia no la marca el pertenecer a un país u otro, sino vivirlo en el medio rural (creencias más arraigadas) o en el urbano (fiestas cada vez más desprovistas de religiosidad). En cualquier caso, los difuntos vuelven con nosotros: para unos a través de la memoria de los vivos; para otros de manera muy real, casi física.

En casi toda Iberoamérica se ha fusionado la celebración católica con las tradiciones indígenas. Rezan. Pero no rezan por las almas… rezan directamente a las propias almas. Y hay lugares que destacan: Bolivia (gracias, Ricardo, por toda la información que nos mandaste), Colombia, Ecuador, Jujuy en Argentina, Cajamarca y Piura en Perú… y luego está México. En algunos lugares se dice que San Miguel abre las puertas del cielo el 29 de septiembre y San Andrés las cierra el 30 de noviembre. Pero el asunto empieza antes: en junio, con la siembra de la flor de zempoalxóchitl, la flor de los muertos, que se corta el 30 de octubre y se utiliza para dibujar el camino a casa (así las ánimas de la familia no se pierden), adornar los altares en las casas y las tumbas en los cementerios.

En los altares, además de flores, se colocan fotos de los difuntos de la familia, velas y ofrendas. Las ofrendas suelen ser los objetos más preciados que tenían en vida o aquello que más placer les daba: sus comidas favoritas, sus bebidas preferidas, su tabaco… juguetes, en el caso de los niños; y todo por una simple razón: el ánima del individuo pasa a formar parte de otro mundo donde adquiere un poder que puede ser bueno o malo. Los vivos alimentan al muerto con ofrendas para evitar su violencia destructora y, de paso, convertirlo en un antepasado protector de la familia.

Es costumbre visitar las casas de los familiares y amigos para rezar en sus altares. Incluso es habitual montar un altar en las casas recién habitadas por si el ánima de un antepasado decide pasarse por allí o por si aparece un difunto desconocido vinculado con el lugar.

Las primeras almas en llegar, el 31 de octubre por la tarde o el 1 de noviembre por la mañana, son las de los niños. Por eso dedican el día a los angelitos. Depende un poco del lugar, pero suele ser un día alegre: se juega y se canta para hacerles la estancia divertida. No deja de ser un recurso psicológico para llevar mejor la peor de las penas. “El ritual de la muerte niña” viene a ser eso, convertir la pena en alegría; el hecho de vestir al niño y retratarlo, eso que tan extraño se nos hace a muchos, es sólo el comienzo del amplio ritual con el que se festeja la entrada de un alma pura a una nueva vida.

Los mexicanos, desde la más tierna infancia, se acostumbran a la muerte y a festejar por todo lo alto el Día de Muertos. Así que no es raro ver a los niños representar con muñecos un cortejo fúnebre o comerse una calaverita dulce que, para más congoja del ajeno, lleva impreso su nombre. Es más, lo habitual es regalar a los amigos calaveritas dulces con su nombre, seas niño o adulto. Todo un símbolo de unidad nacional.

Al atardecer del día 1 y durante todo el día 2 de noviembre, llegan las almas de los adultos. Y lo que era alegría tierna y serena se convierte en ruidoso jolgorio. Las ofrendas se trasladan del altar a las tumbas, donde se reza y se bebe. Se bebe, se bebe mucho, porque sería descortés, un auténtico pecado, no brindar con las ánimas el único día que vienen de visita. El día 3, una vez que las almas ya se han alimentado de su aroma, los vivos se reparten y comen las ofrendas. Dicen que a los alimentos ofrendados les falta el sabor. O al menos, no saben igual.

Así es, de forma muy resumida, cómo celebran en México su día de Muertos, pero también sirve de representación de cómo se festeja en otros lugares. Puede cambiar la gastronomía, algunas costumbres, el momento del día exacto en que dejan de tocarse las campanas para los angelitos y comienzan a llamar a los adultos, pero la esencia viene a ser la misma.

Y como curiosidad, saber que todavía les queda tiempo para mirar al otro lado del Atlántico y dedicarnos un bonito homenaje, porque… ¿no es mágico, ángel de amor, que unas horas después de finalizar la representación en Alcalá de Henares, lo que tarda la noche en llegar a aquella apartada orilla, comience “Don Juan Tenorio” en el Cementerio Central de Montevideo?

Fondos que tenemos en las bibliotecas de la AECID

El tema de la muerte es muy amplio y trata todo tipo de materias. En la siguiente presentación se muestran las cubiertas de varios libros, revistas y películas que tenemos.

Ponemos a vuestra disposición un documento Excel con referencias breves a los fondos que hemos consultado para realizar este post. Son todos los que están, pero no están todos los que son, así que invitamos a los usuarios a seguir rebuscando en nuestros catálogos. Las monografías de la Biblioteca Hispánica e Islámica, las revistas y las películas están separadas en hojas.

‘Clic’ aquí para abrir/descargar el documento Excel

Terminamos con una curiosidad de la biblioteca: tenemos en depósito dos máscaras mortuorias, que probablemente sean copias, pero ahí están. Una de Góngora que posiblemente llegó relacionada con la serie de homenajes que le hizo la Generación del 27. La otra es de José María Chacón y Calvo, cuya biblioteca y archivo pasaron a formar parte de nuestros fondos en 1963. Sentimos decir que las máscaras… no se prestan.

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Comentarios

Un comentario en “La inesperada igualdad (segunda parte)

  1. ¡Vaya, y yo que me hubiera llevado las máscaras en préstamo!
    Ojalá esta excelente y amplia exposición de los fondos bibliográficos estimule a los usuarios a tomarlos en préstamo. ¡Hay para todos los gustos!

    Publicado por JR | 4 de noviembre de 2012, 6:56 pm

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