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Biblioteca Hispánica

Construir casas, crear hogares


Desde que la gente empezó a sentir que “como en casa en ninguna parte” o  el “hogar dulce hogar” tan anglosajón, nada de lo que hay en las casas está ahí por casualidad. Y seguramente ya en la Edad de Piedra se buscaba la mejor cueva o el mejor abrigo para disfrutar del bienestar que les pedía su debilitado cuerpo tras la dureza del día a día. Todo lo que se refiere a la casa ha debido pasar por una reflexión profunda hasta que se hace realidad para mejora de la vida cotidiana de las personas. En el exterior los materiales, las ventanas, las puertas, la orientación, etc. y las paredes, escaleras, habitaciones, muebles y enseres en el interior, todo está pensadísimo. Si bien cada cultura ha adaptado la forma, estructura y ajuar de sus casas, por muy extrañas que sean, siempre reconocemos lo que es un hogar en cuanto lo vemos.

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Los estudios arqueológicos acerca de las sociedades prehistóricas, se centraron en un principio analizando los ajuares funerarios para averiguar las diferencias sociales. Pero los arqueólogos se dieron cuenta enseguida de que la exploración de las desigualdades sociales debía incluir el análisis de sus lugares de habitación. Por lo que se refiere a las casas del Bronce Final y Primera Edad del Hierro en la zona nororiental de la Península Ibérica se sabe que abundaban las chozas y cabañas, pero en algunas ocasiones también se encuentran casas más consistentes, construidas sobre zócalos de piedra, con adobe y tapial. Esas debían ser las casas de los más prominentes socialmente. Las cabañas, por lo general, solían tener planta oval o rectangular, con estructuras ligeras excavadas a poca altura en el suelo.  Las agrupaciones de cabañas, más o menos simétricas (lo que se ha estudiado como importante en el status social) forman ya asentamientos permanentes. En algunos lugares las cabañas se ajustan perfectamente a la topografía del terreno. Se ha llegado a la conclusión de que en gran cantidad de poblados, se construyeron las viviendas, probablemente, en un mismo momento. La homogeneidad de la construcción, las paredes medianeras, la contemporaneidad relativa de los ajuares domésticos justificaría esta idea. Como se ve, todo está inventado y este tipo de construcciones nos recuerdan sin lugar a dudas las hileras de chalets adosados que se han construido con profusión por toda España entre los últimos treinta años del siglo pasado y los primeros del actual. Puede que en la mente de los que construyeron aquellas cabañas y en la de los constructores contemporáneos hubiera un mismo objetivo de igualar socialmente a la gente. Y seguro que aquellos no le añadieron el elemento especulativo de los sinvergüenzas actuales. Pero también puede ser que, al margen de sesudas conclusiones sociológicas, a la gente le gustara estar al tanto de lo que hacían o tenían los vecinos. A veces para envidiar y a veces para compartir. Y qué mejor que estar pared con pared. Parece ser que las puertas de las casas se abrían hacia el interior, de forma que las traseras unidas constituían una especie de muralla (se ve en la comunidad de El Cabezo de Monleón, a 5 km. de Caspe). La entrada principal al poblado, en forma de herradura, debió estar al lado oeste donde había una zona sin viviendas. También hay una relativa uniformidad en la disposición de hogares, hornos, baldas y depósitos, lo que indica la independencia de cada hogar y el peso de la familia nuclear como institución básica.

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 La uniformidad y cercanía de las viviendas tendría seguramente una finalidad defensiva de los ataques externos, pero en el interior del poblado es muy probable que también hubiera algún amigo de lo ajeno, conocido incluso por sus vecinos y para no ponerse en mal plan, debieron darle vueltas a la cabeza e inventaron las cerraduras y las llaves para atrancar sus puertas. Así se ha encontrado en un asentamiento neolítico de las Islas Orcadas. En la bahía de O’Skaill una fuerte tempestad arrasó la parte alta de un montículo y aparecieron los restos de un poblado construido en piedra hace 5000 años, conocido como Skara Brae. Las 9 casas que aparecieron, sin tejado, estaban maravillosamente intactas. Muchas de ellas tenían su contenido original. Lo más fascinante fue entrar en esas casas como si sus habitantes solo se hubieran ausentado temporalmente. Esa sensación hogareña, íntima es lo que más admira a los arqueólogos, pero también les asombra cómo esas casas del Neolítico, aparte de cerraduras, ya contaban con desagües, depósitos de agua, hornacinas de almacenamiento y hasta capas de aislamiento para mantener las paredes interiores sin humedades. Eran casas confortables, pues, con paredes de hasta 3 metros lo que les daba amplitud hacia arriba. Las construcciones siguen un mismo plano, lo que nos vuelve a recordar los “chalets adosados” que en aquella época serían comunidades tribales y en la nuestra son urbanizaciones.

En Iberoamérica los trabajos arqueológicos han puesto al descubierto un repertorio habitacional de primera magnitud. Ciudades legendarias que albergan casas increíblemente sofisticadas. Viviendas precolombinas halladas en Colombia, en Tierradentro, nos muestran casas excavadas en las laderas de las montañas, cerca de arroyos y quebradas y también cabañas dispersas. De los materiales de construcción no se sabe mucho, aunque se piensa que serían de tipo vegetal. Las casas tienen canales de desagüe interior y exterior, así como un fogón central como fuente de calor. O sea, que ya tenían idea de lo que era la calefacción central. La zona de descanso estaba junto a las paredes, en las tarimas adosadas. Las casas de los indígenas de la zona actualmente dan idea de seguir fielmente la tradición de aquellas. Podemos deducir entonces, que igualmente solían vivir familias de unas cinco o seis personas, en condiciones similares, donde las tarimas sirven tanto de camas como de mesas o repisas. El agua para beber y cocinar la recogen de la lluvia por medio de un artilugio hecho con el tronco de una planta llamada guadua, en forma de canal, en la parte trasera de la vivienda. Es curioso que en estas cabañas, a veces aparece ya hecha una diminuta ventana en la fachada. Calentarse y cocinar proporciona bienestar, pero el descubrimiento de la luz dentro de las casas debió dar más alegría a sus habitantes.

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 Hacia el año 1200 a. C. ya se había consolidado el sedentarismo en Mesoamérica. Sus casas, sembradas en desorden, solían seguir los accidentes del terreno. Muchas de ellas de bajareque con techumbres de palma. En la costa norte del Perú prehispánico se han encontrado construcciones más sólidas de adobe o de piedras. Materiales que dan más consistencia a las casas, más seguridad y mejores condiciones para la vida. Los que supieron realmente darle confort a sus viviendas fueron los romanos. No me detendré en la cantidad de comodidades que introducen en sus viviendas, pero de ellos heredamos muchas costumbres ligadas a esas mejoras. Es cierto que la gente más humilde en Roma no tenía recursos para vivir con el suficiente desahogo. Sus casas estaban ubicadas en edificios de varias plantas, las ínsulas. Normalmente ni siquiera eran suyas. Vivían en régimen de alquiler en edificios de dos o tres plantas, con un patio central y ventanas al exterior. Solían estar construidas con materiales de mala calidad y si en las villas disponían de agua potable y evacuatorios, en las ínsulas solo había letrinas comunitarias y el agua se traía de fuera.

Lo del patio interior si es un buen elemento que contribuye al bienestar de la gente. Por una parte, mantiene la intimidad necesaria sobre todo para los que disponen de casa individual, pero en cuanto a la climatización de la vivienda, en el Mediterráneo ofrece un gran alivio contra el calor, ya que normalmente se plantan jardines en su interior y el agua suele ser un elemento que forma parte del recinto. El trazado arquitectónico de las casas con patio interior se trasplanta materialmente a las construcciones de la época colonial hispana a Latinoamérica.

Casas medievales 2 Ya sabemos que en la Edad Media el afán defensivo lleva a la construcción de casonas y castillos, por lo demás incomodísimos para vivir diariamente. Con una tremenda dificultad para calentar sus habitaciones, en realidad sacrifican la comodidad por la exhibición del poder y la defensa. Los que vivían en lo que hoy se conoce como patrimonio menor, es decir, las construcciones características de una época determinada, hechas con materiales sencillos, carentes de valor artístico pero que son las que nos dan las claves de la forma de vida de la mayor parte de los habitantes de un ámbito urbano, no han despertado demasiado interés entre los estudiosos por no tener valor artístico o arquitectónico. Pero para saber de la vida diaria de la gente son un tesoro. En la Península Ibérica, tenemos relativamente abundante documentación sobre las casas hispanomusulmanas y no tanta de la parte cristiana. Los materiales de construcción de las casas comunes no se utilizan tanto por su calidad, como por su abundancia dependiendo de la zona. Así, al norte, lo normal son casas de piedra por Cantabria y Asturias y la madera por el País Vasco. Éstas eran de fachada estrecha y sin patio, al estilo de las que se documentan en Centroeuropa por la misma época. También divididas en pisos, herederas de aquellas ínsulas romanas, siendo su finalidad ser alquiladas. En la Edad Media aparecen los corrales, que consisten en un patio común al que se abren varias viviendas, cuya puerta da a un corredor o pasillo común. El acceso era un gran portón por el que se salía a la calle. Solían estar pegadas al recinto amurallado. En época moderna los llamados corrales de comedias fueron el germen del teatro en España. Y es que, aunque los habitantes de esas casas fueran de clase social baja, sus carencias económicas no estaban reñidas con entender bien la vida y el ocio.

Breve historia de la vida privadaEl ajuar o menaje dentro de las casas era escaso. Utensilios más variados en las cocinas. Los enseres debían ser útiles, como los arcones, muebles con buena capacidad para guardar cosas. En el resto de las estancias de las casas los muebles eran pocos y arrimados contra las paredes. Y era mejor así, sobre todo porque la falta de luz al llegar la noche, hacía difícil el tránsito por las habitaciones, con lo que no tener muebles por en medio facilitaba bastante el trasiego.

Algunos ciudadanos algo más acomodados disponían de casas unifamiliares con dos pisos y muchas veces con patio. Las de los pisos eran casa-habitación, mientras que las unifamiliares solían tener en la planta baja el taller artesano o local comercial y algunas de ellas dedicadas a la atención a transeúntes. Este tipo de establecimientos como posadas, mesones y tabernas son necesarios para todo desplazado, haciendo las veces de un “hogar” y cuyo confort dependía, en general, de la salud económica del viajero. En cualquier caso ofrecían siempre comida y descanso.

Las casas musulmanas eran muy similares, aunque hay más abundancia de viviendas unifamiliares construidas alrededor de un patio, con una disposición típica: el zaguán, corrales y cuadras en la planta baja y los dormitorios, la cocina y otras estancias en el primer piso alrededor de una galería con columnas. Serían más grandes o más pequeñas de acuerdo a las posibilidades económicas de los propietarios, pero muy similares entre sí.

Casa Pestagua, Cartagena de Indias

Casa Pestagua, Cartagena de Indias

 Es en América Latina donde este tipo de construcciones romano-andaluzas se dan con mayor profusión en la época colonial. En las ciudades virreinales se construían viviendas al estilo de las que se encontraban en Andalucía y Extremadura, aunque en los pueblos seguían conviviendo con la mayoría de las construcciones indígenas al estilo arcaico. Se utilizaban materiales resistentes para los exteriores, sobre todo ladrillo y los que se lo podían permitir, piedra. En los interiores se usaban más maderas de encino y palo dulce. Las viviendas más pobres eran los jacales de adobe o piedra basta unida con barro, así como las chozas de cañizo de los indígenas. En Guanajuato, por ejemplo, esas casas pobres se encontraban a racimos en los cerros alrededor de la ciudad, rodeando realmente las “casas grandes”. Las casas modestas, de adobe, solían tener una distribución tipo según se describe en el Decreto para la Fundación de Apaseo el Alto (1802). Estaría formada por un oratorio que al mismo tiempo servía de sala, una habitación dormitorio y una cocina pequeña. Fuera de esta estructura había un corralito y un almacén o troje, todo alrededor de un patio. Los techos, en general eran de teja.

La cocina es un espacio que tiene sus propias características. Heredera de tradiciones milenarias indígenas, se adapta a las innovaciones aportadas por los españoles. No deja de ser el lugar de reunión familiar a la hora de las comidas. Lo de la familia fuertemente sustentada en el grupo tiene su reflejo también en la costumbre generalizada de que el crecimiento familiar generara cambios en la configuración del espacio para vivienda. El hijo varón seguía viviendo en la casa del padre de manera que cuando formaba su propia familia, construía su casa dentro del recinto familiar.

Ventanas con rejas Las casas de los ricos tenían grandes ventanas acristaladas en el siglo XVIII y XIX. En México solían protegerse los cristales con rejas de hierro que actuaban curiosamente de imán para los ladrones que, en cuanto podían, se llevaban no solo las rejas para reutilizar el metal, sino también vidrieras, balcones y embellecedores para comerciar luego con ellos. En esas casas también era sabido que existían huecos llamados “secretos”, donde se depositaban joyas, dinero, etc. en las habitaciones de los dueños y se cubrían con muebles, espejos, cuadros u otros objetos que ayudaran a disimularlos. El sentimiento de inseguridad en las sociedades de las florecientes ciudades iberoamericanas del siglo XIX era muy grande. La integridad personal se protegía tanto como los bienes económicos y las familias acomodadas usaban muchas energías en salvaguardarlos. La protección de las casas se hacía por medio de perros, en muchos casos sueltos por las azoteas para evitar que los cacos entraran por arriba. Las cerraduras con llave eran caras y poco efectivas, pues saltaban fácilmente haciendo palanca con la puerta. Lo más eficaz para encerrase por dentro eran la aldaba o la tranca.

La luz eléctrica trae consigo cambios radicales no solo en la industria sino también en las casas particulares. Es un cambio radical en la disposición y ambientación de las casas y también en la manera de vivir de la gente. Durante milenios, la luz del sol ha marcado el ritmo de la vida de la gente, pero la lámpara incandescente permitía hacer alegremente muchas cosas que a la luz de velas o de gas era imposible. Pero más revolucionario si cabe es el giro que experimenta la vida cotidiana dentro de las casas. Los electrodomésticos que aparecen a lo largo del siglo XX para hacer más fácil la vida, sustituyen materialmente a los criados de los siglos anteriores. Antiguamente la gente corriente tenía al menos un criado que lavara, fregara, limpiara o cocinara en la casa y la gente rica se servía de un verdadero cuerpo de asistentes, cada uno con específicas cualificaciones. Efectivamente, después del agua corriente lo que más revoluciona el bienestar doméstico es la electricidad.

Precisamente por esa alegría con la que el siglo XX ha abusado de los recursos naturales para producir energía es por lo que de unos años para acá se piensa mucho más en el medio ambiente a la hora de construir, distribuir y funcionalizar las casas. Cada vez son más los partidarios de los ambientes ecológicamente amables.  Pero, como en todo, no hay un acuerdo absoluto en la manera de poner en práctica estas tendencias. Se puede hablar de tres grandes líneas: la primera se inclina por lo que se llama arquitectura vernácula, enraizada en las formas tradicionales aún muy válidas. En segundo lugar, aquellos que abogan por servirse de la alta tecnología para optimizar el uso de energía y para ello se sirven de instalaciones la mar de sofisticadas. Por último, hay quienes piensan que en el término medio está la virtud y no dudan en mezclar las otras dos tendencias para sacar el mejor partido de ambas.

En este sentido hay quien habla de “arquitectura sensata” y desde luego falta hace después de la catástrofe que ha traído como secuela la deplorable “burbuja inmobiliaria” y el desaforado afán consumista. Para estar bien en casa hay que cambiar no sólo de hábitos sino de manera de pensar, para disfrutar de la extraordinaria comodidad de nuestras casas actuales, un gran logro si se echa la vista atrás. Y como dice el refrán: no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita.


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Comentarios

Un comentario en “Construir casas, crear hogares

  1. Genial el artículo, felicidades.

    Publicado por Grupo Mera | 4 de septiembre de 2014, 9:14 am

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