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Biblioteca Hispánica

José Emilio Pacheco o la exquisitez de lo humilde


José Emilio Pacheco, en su casa de Ciudad de México en 2009. / césar durione

José Emilio Pacheco, en su casa de Ciudad de México en 2009. / césar durione

Los poetas son una especie extraña. En su paso por la vida su principal misión es sentir, sentir mucho, y luego verter sus sentimientos en palabras. Sentimiento y verbo están tan íntimamente unidos en ellos, que son su principal materia constitutiva, una materia abstracta, lo cual resulta paradójico.

A mí siempre me infunden un inmenso respeto, pues sé que sin ellos el ser humano sería un poco menos humano, se quedaría en simple ser. Debido a la devoción que les profeso, les perdono casi todo: que sean arrogantes, ensimismados, apabullantemente cultos, que lleven aureola, …  todo. Pero cuando encuentro a alguno al que no tengo nada que perdonar, y mucho que agradecer, paso del devoto respeto a la admiración.

Y eso es lo que siento ante la obra y la figura del inmortal José Emilio Pacheco, cuya parte humana nos dejó recientemente.

Obra - copia

José Emilio es por encima de todo poeta, y es un poeta mexicano, que puede criticar y amar al mismo tiempo lo que es su país.

Su poética es una extensión de su propia persona: es humilde, sencilla en su expresión, y honda en su contenido. Vive el mundo real, con sus grandezas y sus miserias, pero sabe que al final está la muerte, que todo lo iguala, y que resta importancia a lo demás. El sentimiento de la muerte, tan presente en el colectivo mexicano, ocupa un lugar fundamental en su poesía. Y es una muerte cercana, cotidiana, justa, nada aterrorizadora.  Es el compañero siempre presente  con  el que no es difícil convivir.

Además de ocuparse de la muerte, en su obra se ocupa de la vida: la vida corriente, con sus anécdotas, su compromiso, su denuncia de la injusticia, su constatación de que la realidad es lo que intuimos que es: nos dice lo que todos sabemos, lo que todos experimentamos, y lo hace con tanta sencillez, que reconocemos en sus sentimientos los nuestros, y amamos sus palabras.

Su economía del lenguaje, su estilo contenido y sin adornos, -incluso ante los temas más trascendentes-, es un rasgo de su personalidad  que identifica su estilo.

Además de escribir poesía,  escribió narrativa, ensayos y artículos periodísticos.

No vivió recluido en su torre de marfil, y eso probablemente da un carácter realista y hasta campechano a sus obras. Compaginó su escritura creativa con el trabajo en el campo de la docencia y la investigación. Además de ser profesor en la Universidad Autónoma de México, donde estudió, impartió clases en universidades de Inglaterra, Estados Unidos y Canadá.

En revistas de estos ámbitos colaboró, no solo publicando, sino con la propia gestión y la edición.

En la Biblioteca Hispánica tenemos la mayor parte de sus libros, además de estudios sobre su obra.

Y en cuanto a revistas, poseemos los números editados entre 1956 y 1960 de la primera revista en que colaboró: “Estaciones: revista literaria de México”, y algunos números de 1970 de la revista de la que fue jefe de redacción: “México en la cultura”.

Recibió el lógico reconocimiento a los valores de su obra, y por no mencionarlos todos, nos quedaremos con los que mejor muestran la versatilidad de sus intereses: el Premio Nacional de Periodismo; el Premio Nacional de Ciencias y Artes (en el campo de la Lingüística y la Literatura); el nombramiento de Profesor distinguido del Departamento de Español de la Universidad de Maryland; el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, y   el Premio Cervantes.

Presentación2

Ya sólo nos queda recomendar leer su obra, pues es el mejor homenaje que podemos hacerle y con lo que más podremos disfrutar. En la colección hispánica de la Biblioteca AECID hay mucho donde elegir, pero por si alguien se fía de nuestro gusto personal a la hora de hacer una selección, se ofrece la lectura de algunos poemas que representan lo que fue su espíritu e ideario: la fugacidad de todo por la presencia cercana y fácil de la muerte; su crítica social y compromiso político; su docto conocimiento de la cultura clásica europea; su visión lírica y filosófica de lo cotidiano.

¡Hasta siempre, compadre!

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