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Recorriendo rutas ecuatorianas II



En esta entrada continuo con mi anterior post “Recorriendo rutas ecuatorianas I”, en donde relataba la primera etapa de mi viaje por Ecuador, de Quito a Papallacta. Ahora voy a contaros la segunda parte, que no la última, que irá desde Papallacta, en la provincia de Napo,  al Parque Nacional de El Cajas, situado en la provincia de Azuay. Espero que os guste.

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Provincias de Ecuador

Provincias de Ecuador

Después de nuestra parada en Las termas de Papallacta  nos despedimos de la zona y volvemos de nuevo al coche, ese maravilloso compañero de viaje que se convierte en casa, cama y hasta baño cuando uno está de viaje. Nuestra próxima meta es llegar a Misahuallí, provincia de Napo. Para ello, nos lanzamos por una carretera que más que carretera parecía un tobogán dada la inclinación que tenía en su recorrido. Poco a poco vamos entrando en el bosque nublado también conocido como bosque nuboso. Este tipo de bosque se localiza en zonas montañosas intertropicales. Se caracteriza por sus abundantes precipitaciones y altas temperaturas.

Empezamos a ver grandes hojas a los lados de la carretera que fácilmente podríamos usar de paraguas por su tamaño y que nos anuncian que nos acercamos a la Amazonía. Paramos en varias ocasiones durante el trayecto, unas por placer para visionar desde las zonas altas la extensión de la selva a nuestros pies y otras, obligados por las circunstancias. Un camión  que transportaba troncos enormes se cruzó en la carretera y cerró el paso más de ocho horas. Casi en cualquier circunstancia aparecían vendedores en los lugares más insospechados, merodeaban siempre entre los coches ofreciendo cosas  de comer. ¡Qué maravillosa capacidad la del ser humano para sobrevivir!

Llegamos a Puerto Mishauallí, población grande ya metida en la Amazonía que está en la confluencia de los ríos Napo y Mishauallí. El Napo es uno de los afluentes más grandes del Amazonas. Lugar por excelencia de turismo de aventura, expedición y descubrimiento de la herencia cultural de la Amazonía ecuatoriana. Decidimos proseguir porque el tiempo apremia y tenemos que llegar a nuestro Jungle Lodge, hotelito de cabañas muy frecuente en la zona, antes de que se haga de noche. Su nombre es Suchipakari. Tras preguntar muchas veces logramos dar con la pista que nos llevará hasta él. El recorrido es corto, 11 kilómetros, pero se nos hace eterno. El calor es agobiante.

Amazonía

Amazonía

Al llegar tenemos que andar unos 500 metros desde donde dejamos el coche entre selva cerrada. Nos reciben con amabilidad y una tranquilidad inusitada, y tomamos posesión de nuestras cabañas. Las cabañas son de madera y no tienen ventanas, los huecos que hacen de tales están cubiertos por mosquiteras. Repasamos las mosquiteras poniendo chinchetas por todos los agujeros que encontramos. Por cierto, ¡qué buena idea llevarlas! Porque nada más llegar tienes la impresión de que de esa noche no sales vivo de ahí con tantos bichos. Una vez acomodados nos vamos con Eliseo, uno de los chicos que trabaja en el hotelito, hasta el río Pusuno, afluente del Napo, a darnos un baño. Lo tenemos muy cerca. En el camino nos atacan unas hormigas rojas de mordedura bastante dolorosa. El sol se pone y el ruido de la selva crece. Impone. Todos se bañan, pero a pesar del calor yo no me atrevo a hacerlo. Luego me arrepentí, porque disfrutaron en el agua como niños pequeños.

Regresamos saltando para evitar las hormigas y tras una reparadora ducha, cenamos en un comedor al aire libre junto a unos americanos que también estaban hospedados allí. Gente amable con la que compartimos  experiencias de viaje en un templete que hace las veces de bar con chinchorros o hamacas, desde el que tenemos una maravillosa panorámica de la selva de noche y con luna llena. El ruido de la selva aumenta a medida que la noche avanza y nos impide dormir, así que tenemos que recurrir a los tapones de cera.

Nos levantamos temprano y después de un desayuno riquísimo, nos adentramos en la selva junto a Carlos, nuestro guía, camino de la desembocadura del Pusuno en el río Napo. Allí llegará Roberto con su canoa que nos llevará a conocer dos comunidades indígenas.

Las comunidades amazónicas en esta zona son quichuas también, pero son diferentes a los andinos. Estas comunidades suelen tener entre 150 y 800 habitantes. En la primera nos reciben amablemente y un guía nos enseña diferentes especies vegetales en peligro de extinción que tienen dentro del recinto, como el curare y la ayahuasca entre otras, de dónde sacan remedios naturales para combatir los diferentes males que les puedan aquejar. De ese conocimiento ancestral de su entorno nos hemos beneficiado todos, y si no que se lo digan a las grandes compañías farmacéuticas, que han usado esos principios activos para el desarrollo de cantidad de medicamentos que nos han ayudado en multitud de situaciones. En un pequeño recorrido por la comunidad nos enseñan también animales salvajes que mantienen en recintos vallados como atractivo turístico para los visitantes.

Nos gustó especialmente el museo indígena, una enorme cabaña con todo tipo de herramientas de caza, cerbatanas, arcos y trampas donde también tenían numerosos instrumentos musicales muy interesantes, la mayoría hechos con conchas de diferentes animales.

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En la segunda de las comunidades nos invitan a “chicha”, bebida típica que preparan para las grandes ocasiones y que nos enseñan cómo prepararla. Nos invitan a comer un arroz exquisito con verduras y pescado que nos sirven sobre una hoja de platanera, y cuando terminamos de nuevo regresamos a nuestra canoa para ir a Puerto Misahuallí. Es una pequeña ciudad llena de vida y comercios, algunos llevados por extranjeros, donde nos damos un delicioso baño en una playita formada en la desembocadura del río Misahuallí con el Napo. Esta vez si me atrevo. Estamos rodeados de una gran familia de monos capuchinos traviesos que campan a sus anchas y te roban lo que sea al menor descuido.

Después de un buen paseo por los alrededores nos tomamos unas cervezas fresquitas en un chiringuito de madera donde curiosamente una española canta animando la velada. Volvemos a la canoa para regresar a Suchipakari. El camino final, una vez que nuestro barquero nos deja en tierra, lo hacemos por otra ruta más corta y en ella tenemos que vadear el río Pusuno con el agua a las rodillas para llegar a las cabañas. Ya en el hotel nos acercamos a ver un impresionante árbol de más de 70 metros de altura del que cuelgan enormes lianas. El tamaño de su tronco no lo podemos abarcar entre todos dándonos las manos. ¡Impresionante! Última noche en la selva, emocionantes sensaciones, las lágrimas afloran a nuestros ojos incrédulos rodeados de tanta belleza.

Tungurahua en erupción

Tungurahua en erupción

Al día siguiente salimos temprano y proseguimos nuestro viaje camino de Baños de Agua Santa, pequeña ciudad situada entre los Andes y la Amazonía donde abundan también los lugares con baños termales. Su nombre se debe a las propiedades medicinales que atribuyen a sus termas. Llegamos a mediodía a la ciudad, muy turística, que está rodeada de enormes montañas con barrancos, ríos y cascadas por todas partes. Situada en las faldas del volcán Tungurahua, a 1820 metros de altitud, tiene una población cercana a los 13000 habitantes. El volcán es el octavo más alto del país. Ecuador es tierra de volcanes y no hay un momento en que no estés viendo alguno en el horizonte. Están de fiestas y la animación es tremenda. Es curioso ver camionetas de caja abierta que transportan músicos que van tocando por toda la ciudad. La música es alegre y ligera, apetece ponerse a bailar. Nos alojamos en el hotel Jardin de Mariane, muy cómodo, propiedad de un francés, donde los colibríes van y vienen libando las flores del curioso jardín. Los colibríes son los pájaros más pequeños del mundo y para la cultura local tiene muchísima simbología. Alguna vez, cuando se acercan mucho, tienes la sensación de que se te acerca un enorme moscardón por el ruido que hacen con sus diminutas alas.

Colibrí

Colibrí

Nos comunican que el Tungurahua está en erupción y sorprende ver que todo está lleno de una ceniza negra que opaca el verdor natural que nos rodea y que los lugareños se esmeran en limpiar de aceras y escaparates. El sol atraviesa a duras penas una neblina que rodea todo.

Visitamos todas las cascadas que podemos, con nombres curiosos como “el manto de la novia”, “el fantasma”, “el placer” o “la cabellera de la Virgen”. Montamos en canopy o tarabita, que es como llaman aquí a las tirolinas con una cabina que recorren los barrancos y te acercan a las diferentes cascadas, pero la más grande de todas es la conocida como “El Pailón del Diablo”, que recorrimos entera de arriba abajo, metiéndonos debajo de su impresionante chorro con una caída de casi 80 metros. El ruido del agua al caer es estremecedor.

De vuelta paseamos por la ciudad y tomamos jugo de caña, bebida tradicional de la zona que te hacen en puestecitos por la calle con una prensa rudimentaria. Nos sorprende esta población donde residen muchos extranjeros y acuden muchos quiteños de fin de semana.

A la mañana siguiente salimos camino del cantón de Azuay. Nada más salir podemos observar la  erupción del volcán Tungurahua. Se levantaba sobre el cráter una columna de humo y cenizas impresionante, un espectáculo.

La siguiente etapa nos lleva a las ruinas de Ingapirca, situadas en la provincia de Cañar a 3120 metros de altitud. Es la más importante construcción arqueológica del Ecuador y en su origen fué observatorio de la luna y del sol. Llegamos con una niebla que hace más misterioso el lugar. Es una zona en lo alto de una colina donde los cañaris, cultura preincaica muy numerosa y guerrera, tenían ya un importante lugar de observación. Hay muchas referencias a esta cultura en el recinto cercado donde se encuentran las ruinas. Una vez se extiende el imperio del Inca Tupac Yupanqui en el siglo XV y después de mucho guerrear con los lugareños, toma el estratégico enclave y construye un gran templo como observatorio del Sol, única ruina que en la actualidad permanece en pie. Un camino empredrado une este punto a la ciudad de Cuzco. Pertenece a una red vial que se extendía por todo el imperio, conocida por el nombre de Capac Ñan. Hay una inmensa piedra con cavidades que es un calendario lunar del que sacaban la información para saber el momento de las siembras. También hay restos de graneros, lugares de sacrificio y hasta de viviendas. Es un lugar mágico y lleno de simbolismo donde se nota la energía que encierra, en el que tenemos la oportunidad de  acercarnos a esta cultura tan desconocida y misteriosa para nosotros.

Las carreteras en todo el país están bastante bien, creo que son de las mejores de todo el continente, pero aun así tardamos en recorrer las distancias mucho tiempo, así que llegamos a Cuenca ya de noche. El camino es precioso, lleno de valles y grandes montañas de un verdor extraordinario.

Nos alojamos en los Apartamentos Otorongo. Llueve torrencialmente cuando llegamos, ya de noche cerrada. Como siempre a estas horas, las calles están vacías, así que cenamos algo y a dormir. Al día siguiente nos levantamos temprano para ir al Parque Nacional de El Cajas. Se encuentra a 35 km de Cuenca dirección Guayaquil.  Tiene una extensión de más de 28.000 hectáreas y está a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar. Se localizan en él más de 200 lagunas de origen glaciar con una enorme variedad de fauna y flora. Allí hacemos una de las rutas que tienen marcadas  a pie, y elegimos la más sencilla. Tardamos en recorrerla casi cinco horas, disfrutando de un entorno asombroso, casi de otro mundo, con curiosas especies vegetales. Nos cruzamos con rebaños de llamas y alpacas.

Rodeamos lagunas como espejos donde crece la totora, vadeamos ríos pedregosos y  volvemos a ver misteriosos bosques de polylepis. Es un lugar precioso y muy recomendable, a pesar de lo difícil que se hace caminar a tantos metros de altitud. Finalizamos la excursión tomando en el bar de la recepción del parque un locro de papa riquísimo, plato típico que es una sopa caliente con verduras, papas y aguacate, que nos permitió entrar en calor y proseguir nuestro periplo. De postre, un canelazo, bebida caliente típica que se hace con aguardiente y canela. Estamos tan agotados que decidimos ir directamente a Cuenca a conocer la ciudad, porque si pasamos por el hotel va a ser difícil tener fuerzas para volver a salir.IMG_1885

En el próximo capítulo visitaremos Cuenca, Puerto López, el parque Machalilla y la Laguna del Quilotoa de vuelta a Quito.

Ha pasado tiempo, pero este viaje nos ha hecho disfrutar tanto que todavía guardo en lo más profundo de mi corazón cada uno de los momentos vividos, cada uno de los rincones visitados y también el mejor de los descubrimientos, que es la calidad humana allá donde vayas. El profundo respeto que siento hacia todos los seres humanos que, viviendo algunos  en condiciones muy duras, te hacen sentir como si estuvieras en casa. Es fantástico viajar por un lugar tan diferente y lejano al tuyo y que el idioma no sea un obstáculo para el entendimiento. ¡Gracias, Ecuador!

BIBLIOGRAFÍA


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