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Biblioteca Hispánica

II Certamen literario “La reina de los mares”


El II Certamen de textos literarios originales “La reina de los mares” se ha desenvuelto “entre cartones”.

El día 16 de mayo, el Departamento de Comunicación hizo público el resultado al personal de la AECID (vía e-mail).

Previamente, todos los relatos y poemas participantes en el Certamen se habían encuadenado en nuestro taller cartonero. Además el Comité del blog hizo una mención especial al texto más votado, que se encuadernó aparte.

Aquí veis los libros expuestos en su vitrina dentro del espacio expositivo de la biblioteca junto a los demás ejemplares cartoneros, en donde estarán hasta que se clausure la exposición; después de lo cual serán catalogados e incluidos en el fondo de la biblioteca quedando a disposición del público y los investigadores.

A continuación podeis leer todos los textos del certamen y disfrutar de sus indiscutibles valores literarios.


Mención especial:

Bienvenido a Kinshasa por Jorge Valiente

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El camino desde el aeropuerto es largo y muy transitado; las obras y las recientes lluvias no contribuyen a hacerlo más corto, a pesar de la gran destreza del conductor driblando otros vehículos y encontrando atajos por callejuelas embarradas.

Es mi primera vez en esta ciudad, una de las más grandes de África, y observo ávido por las ventanillas, intentando empaparme del alma del lugar, de su gente, de sus colores y olores, de sus sonidos, de todos los pequeños detalles y curiosidades nuevas para mí. Como aquel gigantesco pirulí en ruinas, herencia de algún delirio dictatorial, o los omnipresentes anuncios de iglesias evangélicas que avisan del fin del mundo (“el 21 de mayo, la Biblia lo garantiza”). Mejor que google, el taxista responde con gusto a todas mis preguntas sobre el clima, la política, la gastronomía, la música que suena en la radio… De unos cincuenta años, encantador, dicharachero, elegante e inmaculado pese al intenso calor, le sienta mejor la palabra “chófer” que “taxista”. Habla en un francés pausado y añejo, y poco a poco la conversación se va deslizando hacia el pasado. Con una sonrisa salpicada de destellos metálicos, me habla de una infancia feliz y de una juventud llena de ilusiones; a medida que surcamos la ciudad, va describiendo lugares que ya no existen. Señala un viejo edificio, ahora colonizado por las imágenes de un pastor que promete fuego y milagros, y explica que antaño fue un conocido cine, el lugar de referencia para llevar a las chicas que uno quería impresionar. En aquella esquina, indica con un gesto, estaba el mejor garito para bailar y escuchar buena música, allí tocaron los grandes de la música congoleña cuando nadie los conocía y solo pedían una cerveza como pago. Y me cuenta que, antes de la guerra, solía boxear en un gimnasio que quedaba por la misma zona.

Gratamente sorprendido, le digo que yo mismo soy un gran fan del boxeo, y practicante amateur en mi juventud. Al escuchar esto el chófer gana confianza y, henchido de orgullo, habla de su pasión pugilística y relata cómo llegó a competir por el título de campeón de Kinsasha en los años 80, que habría podido ganar de no ser porque su contrincante era sobrino de un alto cargo del régimen y el combate estuvo amañado en su contra.

– Sí, – dice con cariño en la voz – el boxeo es el gran amor de mi vida. Empezó de niño, en el 74, cuando mi padre me llevó a ver la pelea del siglo entre Mohamed Ali y George Foreman. El mejor regalo que me dio jamás mi viejo, que en paz descanse. Y lo único bueno que Mobutu hizo por este país. Desde ese momento decidí que quería ser boxeador –.

Con la misma excitación que debió sentir de niño, el chófer narra cómo aquel evento fue durante meses el tema de todas las conversaciones en Kinshasa. Cómo Mohamed Ali era ya un ídolo en el Tercer Mundo, tanto por sus posiciones políticas como por sus hazañas deportivas y su descaro mediático. Cómo todas las apuestas daban por perdedor a un Mohamed Ali ya maduro contra un Foreman, flamante campeón del mundo, mucho más joven y más fuerte (Ali tenía 32 años y Foreman 24). Las semanas que los dos gigantes pasaron entrenándose en Kinshasa antes del combate. Cómo se escabullía de la escuela para ir a ver a Mohamed Ali en sus entrenamientos, coreando con cientos de otros chiquillos el famoso Ali boma ye (“Ali mátalo”). El irrepetible festival musical de tres días y tres noches que precedió a la pelea, con estrellas de la talla de James Brown, BB King, Fania All Stars, Miriam Makeba, Manu Dibango… Y por supuesto el clímax, el combate mismo, épica gesta en la que el genio táctico de Mohamed Ali y su capacidad de aguantar el chaparrón de golpes de Foreman durante ocho rondas le valieron una inesperable victoria y la recuperación del título mundial. La locura, el furor desatado de los 60.000 espectadores presentes. Nunca he vivido nada igual en mi vida, dice el chófer.

Conozco de sobra la historia, pero aun así sus palabras tocan algo muy profundo en mis entrañas, un tsunami de emoción me embriaga, me arrebata y no puedo evitar la fuga de una lágrima: la misma pelea marcó el momento más especial de mi niñez y fue también la que despertó mi afición por el boxeo, aunque en mi caso la viese desde otro continente, a través de una pantalla en blanco y negro. En ese momento me siento más cercano del chófer de lo que me había sentido de cualquier otra persona en mucho tiempo.

Sin previo aviso, el coche se detiene delante de los restos desvencijados de una puerta doble, en medio de unos muros desconchados cuyo color original es imposible de adivinar.

– Ya llegamos. Este es el estadio donde tuvo lugar aquella pelea. Antes se llamaba 20 de Mayo, luego le cambiaron el nombre por Tata Ráphael. – Por un minuto escucho un trazo de nostalgia, pero enseguida vuelve la sonrisa. – Dentro aún queda un viejo ring. Desde hace unos años vengo todas las tardes a entrenar a los niños del barrio, estoy seguro de que entre ellos saldrá el próximo Mohamed Ali. O la próxima, tenemos también algunas chicas y no se imagina lo guerreras que son –. Se amplía la sonrisa.

En ese momento, siempre encantador, me dice si necesitaré transporte durante mi estancia en la ciudad. Un poco descolocado, respondo que sí, muy probablemente, y prometo llamarle cuando necesite un taxi. Un segundo después me doy cuenta de que no conozco su nombre ni su número de teléfono y se los pido. Con una sonrisa, me alcanza una tarjeta de visita.

–      Señor, ya llegamos a su hotel –.

Oigo las palabras varias veces antes de comprenderlas y ser consciente de que me he quedado amodorrado en el taxi, bajo el calor sofocante y el cansancio del viaje. Me despierto bruscamente y lo primero que noto es que tengo en la mano una tarjeta de visita. La miro, desconcertado, y veo un nombre escrito en ella. Mi nombre. Levanto la vista hacia el chófer, que me observa con su infatigable sonrisa, seguramente desde hace rato. Antes de que pueda articular una frase coherente, me dice:

–      Bienvenido a Kinsasha, señor, le deseo una excelente estancia –.

 

jvaliente@aecid.pe

 


Todos los textos del

2º Certamen literario La reina de los mares:

(por orden alfabético de título)

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Antes de que lo cuente Bob por Maimen Díez Hoyo

Bienvenido a Kinshasa por Jorge Valiente

Desafecto por Beatriz Muñoz

Nueve tambores por Alberto Amaro

Poesías por Julia Pastor

Poeta que se enamoró de la Gioconda, el por Javier Julio García Miravete

 

Fuera de concurso (por exceder el número de palabras):

Amor en las redes sociales por Araceli García

Confesiones en el cementerio por Basilio García

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ENTRADA RELACIONADA:

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