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Recorriendo rutas ecuatorianas (y III)



Con esta entrada damos por terminada la crónica del viaje “Recorriendo rutas ecuatorianas”. En esta última entrega visitamos Cuenca, Puerto López, el Parque Nacional de Machalilla en la provincia de Manabí, la laguna Quilotoa y el volcán Cotopaxi.

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Estamos en la recta final del verano, estación del año siempre asociada a las vacaciones, a los viajes y al ocio. Por este motivo, os hacemos entrega de la tercera y última parte de mi viaje por Ecuador, “Recorriendo rutas ecuatorianas (y III)”, del que ya hice dos entradas y que podéis leer de nuevo: la primera y la segunda.

Seguimos en nuestro empeño de conocer lo máximo del país que nos permita el tiempo limitado de que disponemos para nuestro viaje, que ya va tocando a su fin. El cansancio va notándose también, pero es un cansancio muy especial, y es que cuando estás “en ruta”, embarcado en un viaje de este tipo, el disfrute es tanto que la sensación de cansancio también tiene un regusto de satisfacción.

Después de nuestra tremenda caminata de casi cinco horas por el Parque Nacional de El Cajas a más de cuatro mil metros sobre el nivel del mar, volvemos a nuestro alojamiento, que tras un día tan duro nos parece un lujo asiático. Una buena ducha y una rica cena nos ayudan a reponer fuerzas. A partir de ahora visitaremos la ciudad de Cuenca.

El nombre completo de la ciudad es Santa Ana de los Cuatro Ríos de Cuenca. Se funda sobre un antiguo asentamiento de la cultura cañaris que posteriormente fue también la antigua ciudad inca de Tomebamba. Abandonada por los cañaris y después por los incas, permanece escasamente poblada hasta su refundación por los españoles en 1557. Debe su nombre a Andrés Hurtado de Mendoza, nacido en el 1510 en Cuenca (España), en el seno de la poderosa Casa de Mendoza. El 10 de marzo de 1555 fue nombrado Virrey del Perú por Carlos I. Ecuador, por aquel entonces, dependía del Virreinato del Perú.

Cuenca, como se la conoce coloquialmente, es la tercera ciudad más importante de Ecuador. Está situada en el centro sur de la República y es capital de la provincia de Azuay, en la parte meridional de la Cordillera andina ecuatoriana. La cruzan cuatro caudalosos ríos que son el Tomebamba, el Tarqui, el Yanuncay y el Machángara. Es una alegre ciudad llena de turistas que tiene el privilegio de alojar a muchos residentes extranjeros por su enorme atractivo y su gran belleza.

Paseamos por su centro histórico, declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1999, donde disfrutamos de la mejor arquitectura colonial del país. Muestra de ello son sus calles empedradas, su peculiar arquitectura, sus monumentales iglesias y los preciosos y coloridos parques coloniales que hay por toda la ciudad.

En nuestro ir y venir, visitamos también una de sus más famosas fábricas de sombreros “Jipijapa” o “Panamá”, donde no pudimos resistir la tentación y compramos varios para regalar a nuestra vuelta a España. El origen de este sombrero es ecuatoriano y tiene en Cuenca su máxima producción, sólo superada en calidad y fineza por las manufacturas de la ciudad de Montecristi, también ecuatoriana. Deben su nombre a la exportación masiva que tuvo lugar durante la construcción del Canal de Panamá para proteger del sol a los trabajadores que hicieron posible su construcción.

Interior de Casa Barranco en Cuenca

Interior de Casa Barranco en Cuenca

Comimos en un restaurante donde nos sorprendió la riquísima cocina conquense, comida criolla como ellos la llaman, con una enorme variedad de productos, destacando el arroz y los patacones. ¡Qué bien sienta un descanso!

Nuestra siguiente etapa es Puerto López, capital del cantón del mismo nombre de la provincia de Manabí. Es famoso porque desde allí se pueden ver las migraciones de ballenas jorobadas entre junio y octubre.

El viaje fue largo y, como siempre, maravilloso. Nos permitió rodear Guayaquil, ciudad de un tamaño descomunal de la que nos costó salir por su caos circulatorio. Digo rodear porque no entramos en ella. Menos mal que preguntando se llega a Roma, porque en muchas ocasiones tuvimos que hacerlo para retomar el camino que nos teníamos estudiado pero que continuamente perdíamos, y no siempre lográbamos salir con éxito.

Abandonamos de nuevo las zonas altas y los bosques nublados para volver a bajar hacia zonas selváticas, que son las que nos llevan a la costa. En el camino pasamos por lugares donde se veían los incendios humeantes causados por las grandes compañías frutícolas del mundo, que luchan por ganar espacio para conseguir tierras de cultivo. Da un poco de pena ver cómo el progreso, en muchas ocasiones, se hace a base de la destrucción de la naturaleza. Nos cruzamos con camiones enormes que transportaban todo tipo de vegetales y frutas junto a pequeños carricoches locales llenos hasta arriba, encima de cuya carga dormitaba algún lugareño al tran-tran del camino.

Finalmente nos adentramos en carreteras estrechas y sinuosas donde las lluvias persistentes mantenían una vegetación espesa impresionante que nos envolvía y nos fascinaba. No podíamos deternernos porque esto retrasaría nuestra llegada al destino elegido y queríamos llegar antes de que cayera la noche.

Efectivamente llegamos al anochecer a nuestro destino, Puerto López, y nos alojamos en el Hotel Pacífico. Nos dieron una confortable habitación cuya terraza quedaba sobre el Malecón, paseo principal del pueblo, y frente al mar. Serían las cinco de la tarde, ya anocheciendo. Allí la noche cae de golpe, como sucede en cualquier punto del ecuador de nuestra amada tierra. La temperatura era muy agradable y nos animamos a cruzar a la playa y darnos un largo baño que nos sorprendió por la cálida temperatura del agua.

Lonja en Puerto López

Lonja en Puerto López

La playa era inmensa y recorría todo el pueblo de un extremo a otro, y por supuesto el Malecón estaba lleno de chiringuitos y todo tipo de tiendas y restaurantes donde los turistas y lugareños se reunían para ver pasar el tiempo o disfrutar de su rica cocina, acompañada de jugos de frutas tropicales o bebidas espirituosas. Después de una buena ducha cenamos en el restaurante “Carmita” un arroz de pescado que no tenía nada que envidiar a nuestra tradicional paella.

Nuestro plan inicial era coger al día siguiente una barca que nos llevara a la isla de la Plata. Debe su nombre a la leyenda de que aquí escondía el conocido pirata Sir Francis Drake los tesoros arrebatados a los españoles. Tiene unas características muy parecidas a las islas Galápagos por la diversidad de especies animales que en ella viven,  se pueden encontrar muchas especies de aves como el alcatraz, los pelícanos y los pájaros bobos, también hay lobos marinos, delfines, tortugas, iguanas y ballenas jorobadas. El trayecto es de hora y media y se hace en barcazas, y como el mar estaba muy picado, decidimos finalmente quedarnos en el pueblo. Ya llevábamos muchos días de viaje y el cansancio pasa factura. Esta decisión hizo que conociéramos la lonja de pescado que se organiza a diario en la playa, junto al pequeño puerto. Allí llegaban los pescadores en sus coloridas barcas con sus capturas, y allí también esperaban los transportistas de pescado, con improvisadas mesas, para hacerse con su cargamento que posteriormente distribuirían por todo el país. El espectáculo de color y olor es único e impresiona, porque sobre la arena de la playa limpian las tripas de los diferentes tiburones, peces espada, peces martillo, corvinas y todo tipo de peces que han capturado mientras los pelícanos y las gaviotas intentan hacerse con los restos en vuelo rasante. A la vez, todo tipo de charlatanes y vendedores se agolpan entre la multitud para venderte lo que se tercie.

También visitamos la playa de Los Frailes, un paraje totalmente virgen y rodeado de bosques de Palosanto situado dentro del Parque Nacional Machalilla. La protección medioambiental era sorprendente, con zonas de aparcamiento bien delimitadas y con buenos servicios donde cambiarse o ducharse, además de un pequeño merendero donde comer o descansar al aire libre. Hasta fumar estaba prohibido en todo del parque. Allí nos bañamos en esa impresionante playa rodeados de miles de cangrejos rojos que a nuestro paso se escondían en sus pequeños agujeros en la arena.

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Nuestra siguiente etapa era la Laguna de Quilotoa. Es el volcán más occidental de los Andes Ecuatorianos. Así que abandonamos de nuevo la selva y volvemos a zonas andinas. Esta laguna se formó en el cráter del volcán del mismo nombre, que colapsó por una erupción y que la lluvia ha ido llenando durante siglos. Tiene un diámetro de más de tres kilómetros y una profundidad de 250 metros. Es de un color verde intenso, y sobre su superficie se reflejan las nubes y cumbres que la rodean en un impresionante entorno.  Está a 3914 metros de altitud y hace un frio intenso, cuesta respirar. Se puede rodear entera por un sendero sinuoso y difícil y se puede también bajar a su orilla y dar un paseo en barco por sus aguas, donde se aprecian las fumarolas. Al fondo nos contemplan las cumbres de los dos volcanes gemelos conocidos por “Illinizas”. Hay un montón de pequeños comercios de artesanos y hoteles donde alojarse en su entorno. Nosotros optamos por la Posada de Tigua, una hacienda familiar cercana muy bonita que da cobijo a turistas y donde la encantadora familia que la regenta te prepara una comida riquísima, en la que te invitan a tomar unos yogures y quesos buenísimos que elaboran ellos mismos.

Ya de vuelta a Quito, por la Panamericana, carretera que une Alaska con Buenos Aires, paramos a los pies del volcán Cotopaxi con la intención de subir lo que pudiéramos de sus 5896 metros de altura, pero las nubes y la nieve cubren su pico y el frío es intenso, así que desistimos ante la falta de visibilidad y seguimos en ruta camino de la ciudad. Este volcán está en erupción en la actualidad.

Esta era la última etapa de nuestro viaje, así que al día siguiente nos tomamos una jornada de descanso antes de nuestro regreso a Madrid, visitando de nuevo Quito, ciudad exótica y variopinta llena de color y música.

Y por fin damos por terminado nuestro maravilloso viaje por tierras ecuatorianas. Volveré, porque cuando conoces un país siempre te enamoras de él, y nunca pensé que un país tan desconocido para los españoles fuera tan bello e interesante, poseedor de una diversidad cultural y biológica impresionante.

Espero que disfrutéis leyendo estos relatos tanto como yo disfruté recorriendo sus rincones.


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Recorriendo rutas ecuatorianas II

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