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Recuerdos de una bibliotecaria en el “Día Internacional de la Biblioteca”



La celebración anual de este día tiene como objetivo concienciar a la sociedad del valor de las bibliotecas y de la importancia de promover el acceso libre y gratuito de todos a recursos y servicios bibliotecarios de calidad, que contribuyan a mejorar la formación cultural de los ciudadanos. Quiere ser, además, un homenaje y reconocimiento a la labor de los bibliotecarios/as.


4251dec72b18ac89643edfb7a8300016_XL¿Qué es la Biblioteca para mí? Es una pregunta muy simple, pero la respuesta no lo es tanto. Tendría que matizar qué es la biblioteca para mí como lectora de entretenimiento y cultural, como investigadora o como bibliotecaria. Y además, el concepto ha ido cambiando a lo largo de mi vida. No voy a meterme aquí en el terreno profesional, pues daría para demasiado, pero sí puedo hacer un recorrido por mis distintas etapas como usuaria de bibliotecas.

Desde muy pequeña iba a la biblioteca pública a coger cuentos. Me hubiera encantado ir todos los días, pues siempre me gustó la lectura, pero las múltiples ocupaciones de ama de casa de mi madre, que era quien me acompañaba, hacían que fuéramos cuando ya le demostraba que prácticamente me sabía el libro de memoria, de tanto leerlo. Entonces, íbamos a la sección infantil de la biblioteca, que estaba nada más entrar, y donde había bastante guirigay de niños correteando, padres que alborotaban más que nadie al intentar apaciguar, lectores que entraban y salían, …, y entregábamos el libro leído y solicitábamos el nuevo. Sólo uno y lo custodiaba mi madre, “no se vaya a estropear o a perder, que no es nuestro”. La bibliotecaria tenía en un cajoncito nuestros carnés de lectores y todo era muy simple.

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Pero a mis trece años, todo cambió. Mi vida de usuaria dio un verdadero vuelco. Ya había empezado a ir sola, y cuando me dirigía a ella, mi madre me decía lo mismo que cuando me dirigía al colegio: “y cuando salgas, derechita a casa”. 1208-1343-thickboxUn día, después de ver en la televisión la versión cinematográfica de “Viaje al centro de la tierra”, y derrochar a chorros mi infantil adrenalina con sus peripecias, decidí leerla. Fui a la biblioteca, y se la pedía a la bibliotecaria. Me miró con cara un poco rara, consultó su misterioso cajoncito de madera y me dijo: “Esa novela está en adultos. Toma, te doy el carné y la pides allí”, y con un brusco movimiento de cabeza, señaló hacia las escaleras. Con la cabeza en otra cosa, subí abrumada por las preocupaciones. “Adultos. Voy a leer una novela de adultos. Y yo con esta cara en el carné. ¿Me dejarán? ¿Pero cuántos años tiene esta foto?”. Y llegué. Y con la llegada, otra sorpresa: no se oían mis pasos. Miré al suelo y noté que pisaba… ¡una moqueta azul! Había muchísimo más silencio que a la entrada, y la atmósfera estaba ligeramente cargada, con calor, aunque no excesivo, y olor a papel y personas. El mobiliario estaba un poco destartalado, lo justo para saber que aquello se podía tocar. Me gustó. Vi la mesa de la bibliotecaria, le alargué el carné y le solicité el libro. Ella me pidió que le acompañara a una zona de ficheros, abrió un cajón, y me dijo, csglobo1962_01“Mira, cuando busques un título o un autor, vas al fichero que tiene esa inicial, apuntas en un papelito de estos la signatura, y nos lo pides. Si sabes dónde está, lo puedes ir a buscar tú. Las novelas están por allí y las de Verne al final. Vamos”. La fui siguiendo como el más fiel de los perrillos, y no me perdí detalle. ¡Así que eso tenían aquellos misteriosos cajoncitos, los títulos de los libros! Aquel día se me desvelaron misterios apasionantes. Me moví con verdadera soltura por la biblioteca: busqué otro libro en el cajón, lo encontré en la estantería, y me fui para casa con dos libros de Julio Verne: además del que había ido a buscar, “Cinco semanas en globo”.  Entré siendo una lectora infantil, y salí siendo bibliotecaria, pero todavía no lo sabía. La biblioteca de esa época, para mí, es esa moqueta azul.

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alejandria_biblioteca-300x175En el instituto, mi situación de lectora cambió. Nos mandaban hacer trabajos, y como en el centro de estudios no había biblioteca, pudimos, movidos por la necesidad, explorar muchas otras con la excusa de las investigaciones en grupo. Recuerdo especialmente una biblioteca antigua, solemne y monumental, con pupitres de madera oscura, estanterías talladas y olor a cuero y papel antiguo. La primera vez entré sobrecogida, pero pronto me di cuenta de que el privilegio de poder usarla, estaba por completo a mi alcance. En mi recuerdo, esta biblioteca quedó asociada a los amigos, a las primeras sensaciones de libertad, y a la tarea divertida de consultar libros. La biblioteca de esa época es, para mí, un pupitre de madera noble por el que había pasado mucha gentes antes, y por el que seguiría pasando.

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bibliotecaCuando llegué a la Universidad me encontré con una biblioteca siempre abarrotada y poco amigable, donde sin embargo, estaban todas las lecturas que nos recomendaban los profesores. No necesitábamos nada que no estuviera allí, y eso limitó mis ansias de exploración de bibliotecas. Las quejas eran siempre porque no había más ejemplares de los títulos más demandados y más espacio de estudio. Nuevamente, la necesidad de hacer trabajos, me permitió descubrir libros cada vez más interesantes, y disfrutar -y a veces sufrir-, haciéndolos con mis compañeros. La biblioteca de esa época es, para mí, un lugar de competencia: competencia por conseguir un libro y también por conseguir un asiento.

Mi siguiente experiencia es como “casi” investigadora, cuando estaba haciendo la tesis doctoral. En esos momentos yo ya era bibliotecaria, y esto me facilitó un poco las cosas, pero ¡qué difícil fue! Entonces los catálogos no estaban en Internet, y para localizar los libros que no hallaban en las bibliotecas a tu alcance, tenías que utilizar el teléfono y contar con la buena voluntad y la colaboración del que estaba al otro lado del cable. Conseguir el acceso al documento, una vez localizado, era todo un reto. En aquellos años, las fotocopias de los artículos científicos te llegaban por correo postal. Al trabajar en una universidad, yo lo tenía más fácil, pues me movía entre colegas, pero los libros que estaban fuera del ámbito académico, te obligaban al desplazamiento y a horas de tarea fotocopiadora. En los momentos de redacción final de la tesis, cuando tu investigación inunda cada fibra de tu cuerpo y de tu espíritu, y tu mayor miedo es dejar sin revisar algo que pudiera ser clave, hechos tan aparentemente triviales, como que no te llegara completo un artículo, o no se leyera bien, te podía producir pesadillas y hasta lágrimas. Y esto no es una exageración. Mi biblioteca de esta época ha ampliado sus muros, ya no está sólo en un espacio que domino, y para mí, queda representada por aquellos sobres de correo postal que abría anhelante.

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Ahora, después de tantos años de trabajo, mi concepto de biblioteca, es en la que estoy.Exif_JPEG_PICTURE

En ella investigo y trabajo. Sus colecciones satisfacen mi necesidad de exploración científica, y mi trabajo con los usuarios e investigadores me permite compartir sus preocupaciones y contribuir, en parte, a que una sociedad más rica y plena, más instruida, con un mayor conocimiento, se vaya logrando. Uno de los momentos que más satisfacción me brinda, es cuando un investigador, anhelante, se dirige a mí en la mesa de información, y me dice, “mira, vengo buscando un libro que parece que sólo tenéis vosotros”, y después de un breve espacio de tiempo, yo puedo decirle, con verdadera satisfacción: “toma, aquí lo tienes”.


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Comentarios

Un comentario en “Recuerdos de una bibliotecaria en el “Día Internacional de la Biblioteca”

  1. Felicitaciones por el Día internacional de la Biblioteca para ese equipo estupendo de la biblioteca de la AECID y felicitaciones por ese testimonio tan emotivo y bien escrito

    Publicado por Manuel de la Iglesia Caruncho | 23 de octubre de 2015, 10:17 pm

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