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Madrid islámico


por Daniel Gil-Benumeya


portadaPresta su denominación a esta nueva entrada del blog, el título de una obra recién publicada (2015) por Daniel Gil-Benumeya, que próximamente se presentará en Casa Árabe.

Daniel es arabista, editor (entre otras obras, de la versión en árabe del Catálogo de fondo antiguo) e investigador del Euro-Mediterranean University Institute de la Universidad Complutense de Madrid.

Para más información y contacto ver su web académica o su blog.


 

Los orígenes islámicos de Madrid han sido objeto de una larga controversia que continúa hasta hoy y que expresa hasta qué punto la herencia de al-Andalus no ha sido bien digerida por el imaginario nacional español, más aun tratándose de la ciudad que representa a la nación española.

Madrid fue en sus inicios un enclave omeya en la frontera norte de al-Andalus, en una de esas regiones a la que los andalusíes llamaban al-tuġūr “las marcas”, noción que remite más a la idea de un amplio territorio de frontera que a la noción moderna de frontera lineal, como señala Eduardo Manzano en un excelente libro, La frontera de Al-Andalus en época de los Omeyas. La fundación de Madrid y otras fortificaciones de la misma época, que las fuentes atribuyen a la iniciativa del emir Muhammad I hacia el año 860, parece haber respondido a la necesidad de asentar el poder omeya en una región de lealtad imprecisa y, en concreto, de crear un cerco “legitimista” en torno a la ciudad de Toledo para ahogar su constante insumisión y dificultar sus comunicaciones con otros poderes rebeldes o con la monarquía asturiana. El ḥiṣn o fortaleza de Madrid, enclavado en la actual zona de la Almudena, evolucionó hasta convertirse en esa “pequeña y próspera ciudad”, capital de la comarca circundante, que evocó retrospectivamente el geógrafo al-Idrīsī en su Libro de Roger. “Almudena” procede precisamente de al-mudayna, “la ciudadela” o “la pequeña ciudad”, nombre del recinto amurallado de aquel primer Madrid.

Durante doscientos cincuenta años, Madrid fue parte, sucesivamente, del emirato de Córdoba, del califato y finalmente del reino taifa de Toledo, hasta su conquista e incorporación al reino de Castilla en 1083 o 1085. No obstante, la presencia musulmana en Madrid se mantuvo durante, al menos, los quinientos años siguientes, a través de la minoría mudéjar y luego morisca. La historia de esta última, en el caso madrileño, está por escribirse, pero parece haber logrado sustraerse en su mayor parte a la expulsión de 1609-1612, o eso afirman las fuentes de la época, de manera que puede pensarse que en Madrid nunca se extinguió la herencia humana de al-Andalus; simplemente se diluyó en la vida de la ciudad.

El ocaso del islam madrileño coincidió con el nacimiento de las fabulaciones sobre los orígenes de la Villa. El establecimiento de la corte en Madrid en 1561 fue el inicio de una larga serie de esfuerzos por atribuirle a la que desde entonces sería capital de España, un pasado más ilustre y acorde con los valores europeístas y católicos que informaban sobre el imaginario oficial de la Monarquía hispánica primero y del Estado-nación español después. Los cronistas de la corte transformaron así la pequeña madina de Muhammad I en Mantua Carpetana, una importante ciudad cuyos orígenes semi mitológicos se perdían en una Antigüedad anterior incluso a la fundación de Roma. Además por Mantua Carpetana habrían pasado griegos, romanos y godos antes de ser conquistada por los moros y recuperada después para la Cristiandad. La leyenda de la virgen de la Almudena, patrona de Madrid, supuestamente ocultada ante la inminencia de la “conquista árabe” y hallada milagrosamente tras la “reconquista” es quizás la expresión más clara de esta integración de la pseudohistoria madrileña en el paradigma de “pérdida y reconquista” con el que se narra habitualmente la historia de al-Andalus, y ello a pesar de la paradoja de su nombre árabe. Se ha comprobado que, a pesar de su ahistoricidad evidente, la leyenda de la Almudena sigue teniendo pleno crédito en algunos sectores, como si los propagandistas de los Austrias hubieran resucitado para reciclarse como articulistas de prensa.

En efecto, cuando uno se acerca a la historia madrileña, una de las constantes que saltan a la vista es que el avance de la investigación sobre sus orígenes (que viene a confirmar lo que dicen las fuentes medievales) no ha logrado eliminar la tradición popular. A veces incluso la tradición historiográfica de situar el nacimiento de la ciudad fuera de la época denominada de “dominación islámica”. A poco que avanzó el conocimiento científico, se reveló insostenible remontarse a la Antiguedad clásica. Por eso se pasó el testigo a los visigodos, forjadores de la nación española en la visión de los nacionalistas románticos de los siglos XIX y XX, lo que resultaba perfecto de acuerdo a la posibilidad de que hubieran fundado aquella capital. Y ello a pesar de que, ya a finales del siglo XVIII, los arabistas Miguel Casiri y José Antonio Conde habían empezado a redescubrir entre los manuscritos árabes de El Escorial las noticias más antiguas relativas a Madrid, y que en el XIX el académico José Antonio Pellicer, haciéndose eco de las mismas, se empeñó en desmontar los mitos fundacionales afirmando que “no se reconoce en este suelo el menor rastro, ni la más leve señal que arguya verdaderamente haber sido Madrid población antigua; ni en la antigüedad griega, ni en la latina, ni en la gótica se hace memoria de su existencia”.

En los años cuarenta del siglo pasado se redescubrió la noticia relativa a la fundación de Madrid por Muhammad I, gracias a la traducción que hizo Évariste Levi-Provençal del Kitāb al-rawḍ al-miʻtār de al-Ḥimyarī. El académico Elías Tormo, autor en esos mismos años de una obra sobre las murallas de Madrid, creyó erróneamente que el descubrimiento no solo zanjaría el debate sobre los orígenes, sino que además dotaría a la ciudad de la figura de un fundador, a quien las instituciones no dejarían de honrar con alguna plaza o calle principal (el exiguo parque Mohamed I, ya sin las placas que le reconocían como fundador, es lo único que hay 70 años después).

En la década siguiente, el arabista Jaime Oliver Asín halló accidentalmente los restos de la hoy llamada “muralla árabe” y poco después publicó su Historia del nombre “Madrid”. Oliver, perteneciente a una generación de arabistas inserta en las lógicas del nacionalismo español, formuló la sugerente idea de que el Madrid musulmán se había desarrollado al lado de un Madrid anterior de origen visigodo, dualidad que estaría en el origen de la denominación popular “los Madriles”. Si bien el propio arabista se desdijo enseguida de su propia hipótesis, considerándola fantasiosa, es una de las ideas más difundidas y ha adquirido nuevos bríos gracias a Internet.

El debate sobre los orígenes sigue vivo hasta hoy, si no en el terreno estrictamente académico —donde los avances en la arqueología y en el conocimiento del pasado madrileño parecen corroborar lo que afirman las fuentes árabes—, sí en la especulación de carácter más divulgativo que, ante la dificultad de inventarle a Madrid un pasado preislámico, ha llegado a afirmar incluso un origen postislámico, con tal de que el mérito retrospectivo de la fundación de la capital recaiga en “los cristianos”, de los cuales la nación española se considera sucesora, y no en “los moros” que son el gran otro antagónico de nuestra historia.

Junto a la disputa sobre los orígenes, la otra constante de la historia del Madrid andalusí, es que se trata de un periodo sorprendentemente poco conocido fuera del ámbito de la especialización, y al que las instituciones han prestado una atención más bien escasa. Limitándonos al terreno bibliográfico, sirva de ejemplo la relativa invisibilidad del trabajo más completo y riguroso que se ha escrito en los últimos años sobre el Madrid andalusí, obra de la historiadora Christine Mazzoli-Guintard, que se publicó inicialmente en francés, y más tarde en español de manera modesta, por lo que ha tenido una difusión mucho menor de la que merece y siempre circunscrita al ámbito especializado.

Durante el proceso de elaboración de la obra colectiva De Maŷrit a Madrid, patrocinada por Casa Árabe, hubo ocasión de comprobar hasta qué punto ambas constantes —la de la disputa de los orígenes, que se manifiesta en el propio libro, y la del escaso conocimiento— siguen vivas en el momento actual. De ahí surgió la idea del libro Madrid islámico (2015), que es el motivo de esta entrada en el blog, cuyos objetivos han sido, por un lado, contribuir a la difusión del legado islámico (andalusí, mudéjar y morisco) en la historia madrileña, y por otro analizar la genealogía del debate sobre los orígenes para tratar, modestamente, de desactivar las proyecciones ideológicas del presente en el conocimiento del pasado. La obra ha podido ver la luz gracias a la generosidad de la editorial La Librería, especializada en la divulgación de la historia madrileña, que curiosamente no contaba en su extenso catálogo con ningún trabajo monográfico sobre el periodo islámico, lo que corrobora la situación anómala descrita.


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Comentarios

4 comentarios en “Madrid islámico

  1. Buenísimo artículo. Felicidades. Me ha encantado! Emilio

    Publicado por Emilio | 14 de enero de 2016, 12:34 am
    • Estimado Emilio,
      Gracias por tu comentario. Como pareces interesado en la temática-árabe islámica, si lo deseas puedes recibir el boletín Asdà que publicamos regularmente informando de las actividades y servicios de la biblioteca islámica. También podemos facilitarte cualquier otra información pues tal vez no seas usuario de la Biblioteca Islámica.
      Puedes contactar con nosotros en: biblioteca.islamica.información@aecid.es.
      ¡Gracias por seguirnos!

      Publicado por biblioaecidmadrid | 15 de enero de 2016, 12:32 pm
  2. Te felicito por el libro y el artículo.
    Espero poder traducir el libro pronto.

    Publicado por khaled Salem | 15 de enero de 2016, 9:40 am

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  1. Pingback: Madrid islámico, entre Tetuán y el Valle del Kas | El Astro de Oriente - 13 de enero de 2016

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