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Biblioteca Hispánica

¿Qué se cuece por Paraguay? La cerámica de Tobatí


Piezas de Virginia Yegros en la Colección artística de la AECID

por María Blanco Conde , Conservadora colección AECID

Introducción

Desde el Neolítico, el hombre ha producido cerámica, en principio y por necesidad de conservar los excedentes de las cosechas, fabricaron enseres de uso doméstico tales como vasijas, ánforas y demás cacharros para alimentos sólidos- cereales, tubérculos, legumbres- y líquidos: como agua, aceite o vino.

La cerámica es uno de los vestigios más numerosos e importantes que conservamos del ser humano y por consiguiente, una herramienta fundamental en los yacimientos arqueológicos, ya que aporta datos y pistas muy relevantes acerca de su civilización, e incluso algunos tipos de cerámica, han dado nombre a culturas prehistóricas.

La manufactura, decoración y también las tipologías, que han ido cambiando a lo largo del tiempo, siguen ayudando a los arqueólogos en la difícil tarea de datar los yacimientos y son, precisamente, a partir de la aparición de los restos cerámicos en los diferentes estratos, los elementos más clarificadores a la hora de catalogar la cultura a la que supuestamente pertenecen.

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“Pieza de mujer” (detalle de la cabeza), de Virginia Yegros, Colección AECID

La cerámica es el resultado de mezclar arcilla y agua, y posteriormente cocerla. Según el historiador Heródoto, el término provenía del griego κέραμος, (kéramos, barro o arcilla). Pausanias consideraba que el origen de la palabra era el héroe Céramo, hijo de Ariadna y de Dionisio.

El Diccionario de la Real Academia Española indica que la cerámica es un vocablo que viene del griego antiguo κεραμική (keramiké), femenino de κεραμικός (keramikós), ‘hecho de arcilla’. Una de sus definiciones señala que es el Arte de fabricar vasijas y otros objetos de barro, loza y porcelana”.

Tras una primera finalidad que, como decía, es el uso doméstico, la cerámica -también denominada terracota (‘tierra cocida’)- se utilizó para representar objetos de carácter simbólico, mágico, religioso o funerario, que tienen un significado especial relacionado con las diferentes divinidades a las que el hombre rindió culto en el mundo antiguo.

La cerámica de la América Central y Meridional, que se conoce desde época prehispánica, es interesantísima dentro de sus diferentes culturas. Podemos hablar de dos vertientes: la culta y la popular. Dentro de esta última, en la Colección de la AECID, se conserva un interesante conjunto de cerámica popular contemporánea de Paraguay, procedente de algunos focos alfareros destacados, como Itá y Tobatí.

Cerámica de Itá y Tobatí

La cerámica de Itá, de la que hablaremos en otro momento, proviene de una donación realizada por el artista, escritor y gestor cultural paraguayo Carlos Colombino[1] (Concepción, 1937-Asunción, 2013) en los años sesenta al Instituto de Cultura Hispánica.

La de Tobatí es una producción más reciente, de la década de los ochenta del siglo pasado.

familia

A finales de mayo de 2016 se encontraron en un almacén de la AECID tres figuras policromadas, que añadimos al inventario (nº de inv. 2995-2996-2997 CA). Se confirmó que pertenecían a un conjunto ya inventariado en 2004.

Ahora, nos proponemos dar a conocer y difundir la obra de una de las artífices de esta cerámica popular paraguaya: VIRGINA YEGROS DE SOLÍS (Tobatí, 1940), alfarera que habita y trabaja en la Compañía 21 de Julio, en Tobatí.

En la colección contamos con un grupo o “familia” de nueve figuras antropomorfas que son un buen ejemplo de la alfarería popular que se realiza en Tobatí, a 63 Km de la capital, Asunción, y donde existe la colonia Compañía 21 de julio, en la que las mujeres se dedican exclusivamente a la producción cerámica[2].

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© Dama de Ibiza, Museo Arqueológico Nacional

En general dentro de su producción, empleando siempre la técnica indígena, es decir el modelado a mano con incisiones y estrías, algunas de las piezas están destinadas a cubrir las necesidades domésticas pero la mayoría son decorativas: vasijas o figuras que destacan por ser de gran tamaño y que parecen rememorar antiguas divinidades tribales o estatuillas votivas. Con unos rasgos faciales que, en mi opinión, recuerdan a las estatuas púnicas del arte ibicenco como la célebre Dama de Ibiza que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional (Siglos IV-III ad. C).

La cerámica popular paraguaya fue objeto de estudio por parte de varios autores, entre ellos destacan los de la desaparecida Josefina Plá[3], una intelectual ampliamente conocedora de todos los aspectos culturales de Paraguay, colaboradora de varias revistas como Cuadernos Hispanoamericanos y la primera en escribir un ensayo sobre el tema en 1976; posteriormente Ticio Escobar publicó un trabajo con este mismo título en 2007. Tal es su importancia e interés en el país que se creó un Museo del Barro en 1979, en Asunción[4], manteniendo un estrecho y permanente contacto con esas mujeres alfareras de la comunidad Compañía 21 de julio.

Esta cerámica popular tiene, por un lado, una base precolombina y por otro, una hispánica. Además de Tobatí, destacan otros centros de producción alfareros como Itá y Areguá[5]. Los guaraníes poseían una gran tradición en las artes del barro caracterizada por la producción de urnas funerarias de gran tamaño y otros cacharros votivos que se han encontrado en enterramientos más allá del río Paraná, ya en territorio argentino. Hay que tener en cuenta que esta extensa zona formó parte de las llamadas “reducciones” jesuíticas, que se habían establecido en la región y organizado la vida de la población indígena desde 1609 hasta 1768. Con la Compañía de Jesús al frente y otras órdenes religiosas como los franciscanos, estas comunidades aisladas tienen un sistema de organización económico-social marcado por el sexo y la edad. Cuando desaparecen los jesuitas por la expulsión- decretada por orden del rey Carlos III desde la metrópoli- los guaraníes volvieron a su tradicional modo de vida pero enriquecidos por el desarrollo social de los españoles. Sin embargo, cabe señalar que fue a partir de la evangelización cuando se perdió la función ritual de la cerámica y, un siglo después de la salida de los Padres, estos centros alfareros terminaron por desaparecer[6].

ceramica-popular-paraguaya

Tales artífices del barro ya habían conseguido convertirse en centros alfareros exportadores a otros puntos del Virreinato del Río de la Plata[7], como Itá. En pleno siglo XX se desarrolló como actividad exclusiva de las mujeres, sin más formación que la que heredaban viendo amasar y trabajar la arcilla a sus madres, de tal suerte que casi como una actividad innata y ancestral, han logrado preservar sus tradicionales prácticas alfareras en la actualidad aunque muchas, para reducir esfuerzos, ya emplean hornos más convencionales.

Proceso de fabricación

En cuanto al proceso de fabricación o manufactura de las piezas, Virginia Yegros y el resto de sus compañeras alfareras siguen empleando técnicas muy rudimentarias y propias de este territorio guaraní aunque implanten nuevas formas estéticas. Todas las fases están realizadas por la misma persona, salvo el encendido del tatacuá[8], que es labor masculina.

Preparan y limpian de impurezas el barro en pequeños molinos que se mueven por tracción humana, el modelado de las piezas se realiza a mano, sin intervención del torno, a través del método colombín[9] que consiste en la manufactura de una tira o cordón de barro que se va enrollando a partir del fondo hacia la superficie. Las incisiones y estrías son practicadas con un objeto punzante cuya práctica ya era conocida por las guaraníes desde época prehispánica.

La cocción de las piezas se hace al aire libre, ya que los indígenas no conocían el horno propiamente dicho, hacen un agujero en el suelo donde ponen la leña para la quema y se coloca la pieza encima[10].

Una vez que la pieza está terminada y antes de la cocción, se bruñen y se decoran con engobe[11] rojo almagre, obtenido del óxido de hierro, que se aplica con pincel resaltando los rasgos faciales de las figuras femeninas y pintando ciertas partes de sus atuendos. No sólo tienen una función decorativa sino también funcional ya que en algunas de estas figuras nos encontramos pequeños vasos o sombreros que portan encima de sus cabezas – a menudo emplean el esgrafiado para representar el cabello- que hacen la función de candelero o portavelas. Por lo tanto, en el decorado también encontramos la línea ancestral americana del color. El engobe rojo aplicado al objeto se realiza en crudo, antes de la cocción. Y aún húmedo se pule, utilizando como pulidor una semilla parecida a una castaña, que pasa, como herencia, de madres a hijas.

En Tobatí, estas artistas -más que artesanas, a mi parecer-, se caracterizan por realizar piezas rotundas y huecas de gran tamaño. Las figuras antropomorfas de la colección AECID de Virginia Yegros miden entre 50 y 60 cm de altura.

Otra ceramista, Ediltrudis Noguera (Compañía 21 de Julio de la ciudad de Tobatí, 1965) ya las fabricaba a finales del siglo XX de 90 cm. de altura, lo cual es sorprendente dada la técnica tan elemental de modelado, levantado con la técnica del rollo y el hecho de que no son figuras macizas, ya que cuentan con orificios en la base para que no se partan a la hora de la cocción, lo cual hace más admirable su destreza.

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© Sala de Cerámica Popular del Centro de Arte Visuales Museo del Barro, Asunción

Aunque todas mantienen cierto “aire familiar” es relativamente fácil distinguir “la mano” de cada alfarera, a pesar de que no firman sus piezas. Con el tiempo van siendo más reconocidas en el mercado del arte, incluso podemos encontrar obras suyas en galerías locales y extranjeras y, por supuesto, existe una buena representación de su quehacer artístico en la Sala de Cerámica Popular del Museo del Barro en Asunción (Paraguay).

Procedencia y conclusión

En cuanto a la procedencia de las figuras en barro cocido de la colección AECID señalar que formaron parte de una exposición organizada por el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI) y la Comisión Nacional para la celebración del V Centenario del Descubrimiento de América que se tituló: Iberoamérica. Acercamiento a su historia y a su arte popular (1986). La mayoría de las piezas expuestas procedían de la colección Arte Popular de América y Filipinas, (1968) hoy depositadas en el Museo de Artesanía Iberoamericano en Tenerife, pero otras, como éstas, son de ejecución posterior.

En resumen, se trata de una artesanía indígena realizada en exclusiva por mujeres, en la que los conocimientos técnicos se siguen transmitiendo de madres a hijas a través del tiempo. Esta comunidad de modeladoras tiene una profunda e innata vena artística que adquiere plena calidad de arte escultórico en terracota y, convertido en “prototipos de familias” retratadas, guarda un hieratismo que les confiere un aspecto ancestral, digno y personalísimo.

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NOTAS:
[1] Artista y también escritor autor de varios poemarios y novelas firmadas bajo el seudónimo “Esteban Cabañas”. También tiene una importante producción en el género del ensayo, temas culturales e históricos del Paraguay.
[2] Carolina Noguera, Ediltrudis Noguera, Teodolina Esquivel trabajan en Tobatí en la Compañía 21 de Julio.
[3] Josefina Plá.: La cerámica popular paraguaya.
[4] Hoy Centro de Artes Visuales Museo del Barro. Los objetivos del recién estrenado museo eran: rescatar, promover y difundir la cerámica popular campesina del Paraguay.
[5] Este centro más cercano a la capital, ha creado una nueva cerámica, incluso con una técnica diferente (torno, moldes y pintura sintética) y mantiene un gran consumo popular.
[6] Josefina Plá en su ensayo sobre La cerámica popular paraguaya señala que en estos talleres que surgieron en el siglo XVII, se llegó a fabricar cerámica vidriada.
[7] El Virreinato del Río de la Plata (1776-1814) integró los territorios de las gobernaciones de Buenos Aires, Paraguay, Tucumán y Santa Cruz de la Sierra, el corregimiento de Cuyo de la Capitanía General de Chile y los corregimientos de la provincia de Charcas. Actualmente este territorio forma las repúblicas de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia, partes del sur de Brasil, del norte de Chile y del sureste de Perú, así como también las islas Malvinas.
[8] El tatacuá del guaraní TATA –‘fuego’ y CÚA –‘agujero, cueva’, es el clásico horno criollo.
[9] Colombín o colombino es el proceso de fabricación manual, sin torno, que consiste en ir superponiendo rollos de arcilla a partir del fondo del recipiente.
[10] La cocción se debe hacer a partir de los 500 grados, si fuese a torno exigiría el doble de temperatura.
[11] Una vez seca la pieza, se le aplica una disolución de agua con la misma arcilla con la que se ha fabricado y en este caso se aplica con pincel.

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