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Harar, la ciudad santa del islam etíope


Mario Lozano Alonsolozano (León, 1982) es historiador, especializado en Etiopía. Ha impartido cursos y conferencias sobre historia y cultura etíope en el CEPOAT de la Universidad de Murcia, la Fundación Sur y el Instituto Bíblico y Oriental, entre otras instituciones.

 


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Cuando se lee algo sobre Etiopía, es fácil que la imaginación vuele rápidamente a las hermosas iglesias de Lalibela, las increíbles estelas de Aksum o los majestuosos castillos de Gondar. Mucho menos conocida es, sin embargo, la Etiopía musulmana, a pesar de que alrededor del 33% de sus casi cien millones de habitantes sigue esta religión. Sus raíces son casi tan antiguas como el propio islam; no en vano, los primeros musulmanes llegaron al país en dos oleadas entre el 613 y el 617, escapando de la persecución de los Quraisíes. Según la tradición, el rey de los abisinios Al-Najashi –quizá el rey de Aksum Armah– protegió a los refugiados, hecho que conmovió a Mahoma hasta el punto de que prohibió la conquista del país. A partir de entonces, una serie de pequeños estados musulmanes empezaron a formarse en la llanura situada entre la costa del Mar Rojo y el Macizo Etíope.

marine_harar2La ciudad de Harar es, sin duda, el enclave musulmán más importante de Etiopía. Ubicada al este del país, en una zona elevada de gran fertilidad cercana a la terrible depresión del Danakil, la función que históricamente ha desempeñado en el Cuerno de África es comparable al de otra de las grandes ciudades africanas: Tombuctú. Siglos de historia se condensan en el dédalo de callejuelas que conforman el jugol, su medina amurallada. Dentro de ella, se encuentra la nada despreciable cifra de 82 mezquitas, la mayoría de ellas pensadas para dar servicio a unas pocas familias, un número similar de santuarios sufíes e innumerables tumbas de santos. Un buen testimonio sobre el ambiente urbano harari puede encontrarse en el excelente libro de ilustraciones que publicó Carlos Mariné para la AECID.

Pero, ¿cómo de antigua es la ciudad? Difícil saberlo. Los harari aseguran que las cinco mezquitas más antiguas de la ciudad datan del siglo X, si bien el verdadero nacimiento de la actual Harar se debe a un sabio sufí llamado Abadir, quien llegó al lugar procedente de Arabia junto con sus 43 discípulos en el siglo XIII. Construyó la mezquita principal y ayudó a expandir el islam en la región, siendo venerado como un santo sufí tras su muerte.

El comercio entre las Tierras Altas abisinias y el puerto de Zeila, en el Mar Rojo, contribuyó a convertirla en una próspera parada caravanera, el lugar ideal donde tomar fuerzas antes de cruzar el infernal desierto del Danakil o emprender la fatigosa ascensión de las montañas de Shoa. La fama de sus santos y eruditos pronto la convertirían, también, en el principal centro de enseñanzas coránicas del Cuerno de África. Hoy en día, sus habitantes aseguran que moran en la cuarta ciudad más santa del islam.

A partir del siglo XIV comienza su época de esplendor, cuando se convierte en el principal centro urbano del sultanato de Barr Saʻd ad-dīn, más conocido como Adal. Este estado musulmán era tributario del imperio cristiano etíope, aunque de mal grado, por lo que las guerras entre cristianos y musulmanes fueron frecuentes.

marine_harar1Todo cambiará con la aparición de un hombre que combinaba carisma con capacidad militar: Aḥmad ibn Ibrahim al-Ghazi, más conocido como Aḥmad Grañ (el zurdo, en amhárico). Tras hacerse con el mando del sultanato, pero sin proclamarse nunca sultán –algo que recuerda al Almanzor cordobés-, este imán lideró entre 1529 y 1543 una serie de campañas destinadas a conquistar el imperio etíope. Y a punto estuvo de borrar para siempre al antiquísimo estado cristiano de no haber sido por la ayuda prestada al emperador Gäladewos por 400 mosqueteros portugueses, capitaneados por Cristóbal de Gama, hijo de Vasco de Gama. El ejército luso-etíope derrotó en Zäntara (Wäyna Däga) al poderoso Grañ, quien perdió la vida en la batalla. Tras la derrota, el ejército musulmán se dispersó. Para conocer esta serie de batallas, se puede consultar la traducción francesa del Futūḥ al- Ḥabaša, de uno de los participantes en el conflicto.

La derrota de Ahmad Grañ supuso el fin del sueño de la conquista de Abisinia y, con él, el comienzo del repliegue musulmán en la región. Los oromo, pueblo nómada del sur, aprovecharon la situación de debilidad en que quedaron musulmanes y cristianos tras décadas de guerra para penetrar en sus territorios. El emir Nur, que intentó con cierto éxito reactivar la expansión musulmana, tuvo que volver a Harar para contener a los belicosos oromo. Finalmente, él fue quien ordenó construir la muralla que rodea la ciudad, hoy convertida en su monumento más conocido, como protección contra los nómadas y las hienas. Su tumba, en un encantador rincón cerca de la puerta de Assum Beri, es un centro de peregrinación para los musulmanes locales.

burton_hararA finales del XIX, Harar adquirirá el evocador título de ciudad prohibida del islam para los occidentales. El primer europeo en hollar sus calles fue el aventurero inglés Richard Burton, quien incluso llegó a conocer al sultán, pasando diez días en su corte en 1855. Se puede seguir sus pasos en su obra Primeros pasos en el este de África: expedición a la ciudad prohibida de Harar, traducida al castellano en 1987.

Más de veinte años después, Harar había perdido su independencia a manos del negus etíope Menelik II. Este monarca necesitaba importar armas de fuego para seguir expandiendo su imperio, por lo que Harar se convirtió, por su cercanía al mar, en un nido de contrabandistas de armas. Entre ellos se contaba el jovencísimo poeta Arthur Rimbaud, quien, además, supo valorar el delicioso café de la ciudad, siendo de los primeros en exportarlo a Europa. De su estancia en la ciudad sólo se conservan algunas fotos y un puñado de cartas a familiares y amigos. Permaneció en Harar entre 1880 y 1891, el año de su muerte, enfrascado en sus asuntos comerciales. La casa de un mercader indio, sin relación alguna con Rimbaud, se ha habilitado como un museo sobre su vida y obra. La primera viajera occidental que llegó a la ciudad, Rosita Forbes, aventurera y escritora inglesa, quedó fascinada por sus atardeceres ya en la década de los años 20.

La muralla permitió preservar la lengua de sus habitantes, el harari, hablada por poco más de 120.000 personas. Este tesoro lingüístico ha sido estudiado en el siglo XX por estudiosos como Enrico Cerulli, quien publicó en 1936 su obra La lingua e la Storia di Harar, quizá la más completa hasta la fecha.

revault_harar La cultura harari es extremadamente compleja, a pesar de la aparente pobreza de sus edificios. Todo en la ciudad, tan aparentemente caótica, tiene un orden y una función: desde la casa, organizada alrededor del patio y oculta a miradas indiscretas, hasta las fértiles huertas que rodeaban antaño la ciudad, pasando por la distribución de las zonas comerciales, limitadas a las plazas centrales y a la calle Makina Guirguir, separadas de las tranquilas zonas residenciales. Quien quiera adentrarse más en su cultura urbana, puede consultar la obra bilingüe en francés e inglés Harar, a muslim city of Ethiopia. Harar, une cité musulmane d’Éthiopie.

Por último, sugiero al lector que visite la ciudad para experimentarla por sí mismo. Si, además, se elige para descansar una de las tradicionales casas harari, se puede tener la oportunidad de convivir con sus habitantes, lo cual enriquece notablemente la experiencia. Escuchar la llamada de la oración, beber el delicioso café que da fama a la ciudad, pasear por sus silenciosos adarves, admirar los santuarios junto a los sicomoros o visitar al hombre que alimenta a las hienas son sólo algunas de las cosas que es posible hacer en la indiscutible capital del islam etíope.

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